Más Ronit y un gramófono
Yo funciono por obsesiones y aún quedaba esta en cartel:
(…) Algo semejante ocurrió con los gramófonos de cilindros que llevaron las alegres matronas de Francia en sustitución de los anticuados organillos, y que tan hondamente afectaron por un tiempo los intereses de la banda de músicos. Al principio, la curiosidad multiplicó la clientela de la calle prohibida, y hasta se supo de señoras respetables que se disfrazaron de villanos para observar de cerca la novedad del gramófono, pero tanto y de tan cerca lo observaron, que muy pronto llegaron a la conclusión de que no era un molino de sortilegio, como todos pensaban y como las matronas decían, sino un truco mecánico que no podía compararse con algo tan conmovedor tan humano y tan lleno de verdad cotidiana como una banda de músicos (…)
(”Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez)
(También pensé en esto -además de por supuesto en aquello, y en acullotro, y en todo lo demás también-).
Baila con Bashir
Coge un puñado de personajes reales, entrevístalos, fílmalos, no pierdas detalle, y luego conviértelos en dibujos para que se vuelvan de mentira.
Coge una historia de verdad, la más atroz, y mézclala con sueños, con alucinaciones; píntala sólo en amarillo y negro, azul y gris, para que quepa duda.
Coge las reflexiones más profundas y hazlas dibujo animado: tal vez es propio del hombre caer más en la cuenta a través de los cuentos.
Recuerda que en el camino de la guerra tu personaje sólo puede estar pensando en el más terrible drama: un desamor adolescente. Titula a tu película con un momento tan imposible que sólo puede ser cierto.
Tendrás “Waltz with Bashir”, documental de animación, reportage en poema, psicoanálisis recortado a ojo de pez; y un enorme nudo en la garganta, y nada que decir, después:

